Tan cerca de la muerte

 

Muerte del alma



    Las sombras se arremolinan en las esquinas de una habitación oscura, una habitación llena de polvo sobre polvo y jirones de oscura y tenue luz que entra tímida por una rendija casi inexistente, casi imperceptible, una rendija en la gris y sucia cortina, torcida y rota. Rota como las ilusiones que una vez anidaban en un alma sin fisuras, aunque sería mentira decir que aquel alma no tenía fisuras, aquel alma estaba desgarrada desde hace años, ese alma llevaba condenada mucho tiempo, mucho tiempo antes de que nadie se diera cuenta. Pero aquel día aquel alma sangraba, aquel alma había aceptado la muerte, antes de que su mente aceptara su destino, antes de que el corazón dejara de latir, su alma ya se había rendido y cuándo el alma se rinde la muerte llega. La muerte del espíritu deja un cascarón vacío, muerto en vida, sumido en un dolor inexplicable, pues el dolor de la muerte del alma duele hasta que el cuerpo deja de sentir, hasta que el corazón deja de latir. Y probablemente duela después de la muerte física, pues un alma condenada, es un alma rota.

    Las lágrimas dejaron de salir dejando el dolor atrapado, sin lágrimas el dolor se enquista, se arremolina buscando una salida, rasgando y destrozando todo por su paso dejándote a solas con un enemigo que conoce todos tus puntos débiles, un enemigo que con su afilado cuchillo se acerca a tu cuello y te susurra, te araña. Pues es tu mente quien te traiciona, es tu mente que te muestra ese dolor cuando cierras los ojos, es tu mente la que alimenta ese odio hacia uno mismo sin importar quien fuiste, quien eres y con total seguridad sin importar quien serás. Pues cuando el alma muere con ella mueren las esperanzas, con ella mueren las ilusiones, los sueños, pues todo se convierte en una misma maraña sucia y viscosa de dolor y angustia, de desesperación. ¿Qué es lo que queda entonces? a aparte de un dolor que crece cada día, una oscuridad que se cierne sobre una mente que sonríe sádica y sórdida y se emplea a fondo en torturarte, pues cuando el alma muere, tus propios demonios se alimentan de tu mente, la controlan y provocan que el dolor solo vaya en aumento, sin alma no hay defensa, sin alma estás condenado a estar muerto en vida, esperando a que cada noche sea la última.

    Y así estoy yo, así me revuelvo en mi dolor, entre cuatros paredes sucias y polvorientas, donde la luz del sol no entra, donde el aire reniega su paso. Cada día el despertar es una agonía, pues mi alma ha muerto, y el dolor remanente arde y escuece y recorre cada parte de mi ser. Cada noche mis demonios se alimentan de mi, de la poca humanidad y vida que me queda, mi mente me traiciona, pues yo soy a quien más odia y es el odio lo que me mantiene con vida, es el odio hacia mi mismo lo que hace que despierte cada día. Es la idea de ser merecedor de dicho dolor, ser merecedor de un castigo que ha de sobrepasar la muerte, merecedor de haber asesinado mi propia alma. Y es ese pensamiento, ese credo, el que me mantiene con vida aunque cada noche rece a los Dioses, a mi madre y al universo de que, por favor, no me despierte a la mañana siguiente. Porque por mucho sufrimiento que merezca, por mucho dolor que haya de recibir, el pequeño yo, lo poco que aún me queda quiere que este dolor desaparezca y sé que sólo desaparecerá con la muerte física, pues una vez muerto, tendré que afrontar por toda la eternidad el pecado de haber asesinado mi propia alma.

    Tan cerca de la muerte y tan lejos de que el dolor desaparezca. No soy valiente, ni tengo la sangre fría de ser piadoso conmigo mismo y acabar con todo de una manera fácil y rápida. Supongo que es el miedo, es un instinto de supervivencia, un remanente en mi interior que de alguna manera me mantiene aferrado al dolor. Anoche desperté con un fuerte dolor en el pecho, un ardor en el brazo y un cuchillo en la espalda y de pronto solo oscuridad. Desperté en el suelo del salón, sin saber como había acabado allí, sin entender por qué no había muerto, por qué tenía que abrir los ojos una vez más. Por lo que ahora espero que vuelva a pasar, espero que mi corazón se rinda por su cuenta, espero que sus fuerzas se agoten, que se rinda y me de la paz que busco mientras duermo, así no hay dolor de más, así me voy mientras sueño con la mentira, un sueño febril acerca de una versión de mi mismo que logró amarse, que logró remendar sus errores y salvar su alma. Una versión de mi, que nunca podrá ser.

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