Reflejos
Para ti. Para mi. Porque tu eres yo y yo soy tú.
Podría empezar diciendo que la soledad, la visión que tenemos, refleja la depresión y tristeza es mentira, que no es así. Pero no, no voy a empezar diciendo algo así, aunque acabe de hacerlo. Así que os lo contaré tal cual lo sentí, tal cual lo escribí en mis notas mientras bebía un reconfortante café.
Tardé años en darme cuenta, años en los que mi visión era borrosa, años que tardé en darme cuenta de todo lo que te quería. No, no fui consciente hasta cuando estuve apunto de perderte, por mi arrogancia, mi orgullo y auto sabotaje, entre sombras y alcohol. Tardé muchos años en conocerte, en que confiaras en mi, como yo en ti. ¿Cómo he vivido, hasta ahora, sin ti?
Aguanté la respiración, con mucha fuerza, incontables veces. Para llegar al limite, para verte. era la única forma de que aparecieras, en cierto modo, a rescatarme. Volvía a sentirte y así volvía a vivir, aunque me decías que no, que aun no podías volver. Era duro para mi, la persona a la que amo no quería estar a mi lado ¿Por qué? Una pregunta que me desgarraba como cuchillas en mi interior, en mi alma.
Hasta que lo entendí.
Fue un día, frio y lluvioso, paseaba bajo la lluvia dejando que sus gotas me acariciaran con fuerza. Entre ellas veía borrosas siluetas, gente paseando, paraguas de colores, personas esperando bajo un portal. Tu estabas allí, en medio de aquella calle ocupada por la lluvia. Mi persona favorita. No te esperaba, la verdad, fue una sorpresa verte allí. Sonreí. Paseamos y miramos al cielo, arriba muy lejos. A tu lado me daba cuenta de los detalles, que consideramos ínfimos, muy lejos de serlo.
Miré el cielo de una forma diferente, entre las gotas, nube blancas y oscuras, edificios altos, gigantes de piedra. Nunca me habían parecido tan altos, nunca supe que eran así, hermosos. Nunca levanté la mirada del suelo.
Una persona tan ajena y tan cercana, tan blanco y tan negro, juntos no formábamos grises, sonreías y creabas una nueva paleta de colores, que por suerte para mi y desgracia para el resto, solo existía para nosotros.
Contigo aprendí a amar la soledad, aprendí a llorar. Ay, que importante es saber llorar. Lo mejor que me enseñaste fue algo que nadie puede enseñar, me enseñaste a amarte, a ti que eres yo. Amarme por quien soy, a no rendirme ante mis fallos, a ponerme en pie de nuevo una y otra vez, y otra y otra.
Y otra vez.
También quiero compartir un fragmento que nació de la reflexión que acabáis de leer, un texto que tendrá su lugar en algún libro, o donde más cómodo se sienta.
¿Cómo he vivido, hasta, ahora sin ti? Una pregunta sin respuesta, eras una persona tan ajena y tan cercana. Aguantaba la respiración queriendo bucear entre el hormigón, tan solo para poder verte de nuevo. Venias, a veces, en mi rescate. Otras veces no, moría un poco cuando no aparecías. Moríamos
Miré infinidad de veces, espejos empañados, con la ilusa esperanza de verte y sonreír y que formáramos una paleta de colores única, tuya y mía.
Fueron blancas y rosas y blancas y azules las noches que no estabas, las noches que me dejabas solo. Odié la soledad. En su día, por tu culpa. Por mi culpa, porque tu eres yo y yo soy tu.
Izcagua Hernández
Este fragmento habla de una parte muy dura de mi vida. Momentos que pocos conocen, en los que me rendí, me perdí. Una época en la que depresión me apartó de mi mismo, en la que estuve confinado a tomar pastillas rosas y azules cada noche, para no rendirme del todo, para mantenerme vivo.
Por suerte, y por la ayuda de personas muy importantes salí adelante, me aferré a la vida de nuevo, a la ilusión.
Ahora soy feliz por que soy a día de hoy, en lo que me he convertido, mis sueños y ambiciones. Mentiría si dijera que no fue gracias a aquella dura época de mi vida, la que me cambió.
Izcagua Hernández Cos
Reflejos
"Para ti, para mi. Porque tu eres yo y yo soy tú".
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