Húmeda oscuridad
Abismo.
Me encuentro en el límite, al borde de un abismo ya familiar. Un lugar oscuro, recóndito y siniestro donde lo único que queda en su interior es sufrimiento.
He caído infinidad de veces, bueno, he tropezado y me he agarrado al borde infinidad de veces. Voy en su encuentro día tras día, una y otra vez a lo alto, al borde del abismo. Me he acostumbrado a vivir así, mirando a la nada, sintiendo el miedo recorrer todo mi cuerpo y calarse hasta mis huesos. Se ha convertido en algo normal para mi, ser uno con el abismo, tanto que cuando piso en suelo firme y me alejo de ese peligroso sufrimiento me siento fuera de lugar, incomodo y nervioso. Ansioso por volver a estar a su lado con un pie en el vacío y el otro en las resbaladizas rocas.
Nos apegamos a lo conocido, da igual si eso nos hiere, nos destruye o nos termina matando. Nuestra alma está amarrada y aferrada al miedo, donde aquí no tememos caer en el oscuro abismo, porque ya nos encontramos ahí y a lo que realmente tememos es a pisar firme. Ahora es diferente, el miedo que sentía cuando caminaba cerca el abismo ha desaparecido, ha dejado un hueco en mi alma incapaz de regenerarse, un agujero negro que la consume y torna en una oscuridad llena de la nada, del vacío.
El abismo me llama, me implora que salte y no me agarre, que me acerque y que duerma a su lado en la oscuridad, rodeado de una humedad que araña y se clava en las sienes. Cada día, el alejarme hacia el suelo firme me causa un dolor tan profundo que me hace gritar en silencio y dormir estando despierto.
Día a día me acerco cada vez más al límite. Una presión que me aplasta contra el suelo y me dificulta andar. Una presión que me crea un nudo en la garganta y me impide respirar. Una presión que solo me permite llorar en silencio y sin lágrimas.
Siento que no conecto emocionalmente con las demás personas que han caminado a mi lado durante todo mi viaje, personas que me sacaron de un abismo diferente al que ahora me encuentro, personas que amo y que, por alguna razón, siento que emocionalmente empiezan a ser incompatibles conmigo. Personas que no podrán sacarme de nuevo del abismo. El abismo me protege. La infinita oscuridad que surge de sus entrañas me abraza y me susurra al oído. Me aleja del miedo real, del dolor real. A su lado no siento que soy menos, que debo de callarme o que debo aguantar gritos. El abismo me habla con calma, serenidad y paz, nunca alza el tono de voz.
Mi mente está ocupada por miles de asuntos, miles de nombres y problemas, miedos e inseguridades. Me he olvidado, perdido entre miles de rostros sin expresión, sin emociones. Mis emociones han desaparecido, me abandonan. El abismo me dice que allí las recuperaré, que las tendré conmigo de nuevo.
Estoy cansado. Estoy harto de que sienta tanta culpa. De sentirme inferior, de ver a un extraño en el espejo. Aunque hace mucho que los espejos dejaron de reflejar mi rostro, un rostro sin vida y apagado. Hace mucho que cuando miro al abismo, este me devuelve la mirada con mi reflejo, con mis propios ojos.
Izcagua Hernández Cos
Húmeda oscuridad
"Abismo"
Comentarios
Publicar un comentario