Lágrimas invisibles

Mi realidad.


Cada día que pasa siento la misma opresión en el pecho desgarrándome por dentro sin matarme. Un nudo en la garganta cada vez que llega la noche. Tal vez son las noches, tal vez debería de irme a dormir temprano y dejar de rallarme por todo, dejar de pensar. Pero dejar de pensar es morir. Durante las noches vivo y siento, me compadezco y me hundo en mis propios lamentos. Riego mi ansiedad con comederos de cabeza a deshoras, con llantos sin lágrimas y la gran sensación de ineptitud que me acompaña, que no me abandona.

Durante las noches convergen en mi ser dos entes opuestos, seres que soy yo, que fui yo y quienes serán yo. Distintos, iguales. Bailan clavándome ardientes cuchilladas en el alma con cada paso que dan. Me matan, me mato. Uno me motiva, me ilusiona, me propone ideas increíbles. Me hace ver que el mundo está en la palma de mi mano, que soy el dueño de mi vida. Desparece todas las mañanas, no, en realidad se da cuenta de la realidad. De que la mayoría de cosas que quiere hacer necesitan tiempo, un tiempo que me asusta gastar, que me agobia sentir pasar.

Otro, aunque distinto es el mismo. Me hace dudar, quiero aprovechar las noches, sentir la dulce oscuridad con su profundo silencio. Pero cuando llega el momento me echa para atrás, me asusta, nada de lo que intento hacer debe de hacerse ahora, puede esperar. Me quita las ganas, las hace desaparecer, me las arranca de cuajo. A cambio me da ansiedad, culpabilidad me hace sentir inútil.

Convivo con el dolor de los recuerdos. Entendí por fin que querían decir los abuelos con la frase: “los tiempos pasados eran mejores” nunca se refirieron a una época, se referían a la vida, se referían a ese momento en el que vivíamos, en el que realmente nos sentíamos vivos. ¿Cuándo fue que esto cambió? Ni siquiera recuerdo cuando dejé de vivir. Si, no considero que esté vivo. ¿Cómo puedo estarlo? ¿Cómo puede nadie si quiera aceptar vivir así? Si hubiera sabido como sería crecer, hubiera cogido apuntes. Ahora me vendría bien saber cómo se vivía.

Los días pasan y se van, se pierden para siempre, tristes y desolados porque no les hemos hecho caso. Respirar se vuelve doloroso cuando eres consciente de que el tiempo pasa y no vives, cuando te das cuenta de que solo he tachado dos cosas en mi “gran lista de cosas que quiero hacer”.

He olvidado como se sienten las lágrimas cayendo por mis mejillas, su sabor cuando llegan a los labios, su liberación. Siento tanto dolor en el pecho que me impide llorar, un gran puñal que me atraviesa, que me mata los sentimientos, que me he acostumbrado a tener clavado. Echo de menos llorar, de sentir como los espíritus que controlan mi cuerpo desaparecen, que huyen. ¿Cuándo fue la última vez que lloré porque lo necesitaba?

Sé que toda esta presión que siento en el pecho son lágrimas que no encuentran la salida, pérdidas, sin rumbo. Que lloran por no poder escapar, sufren.

Es difícil parar. Es muy complicado decir “hasta aquí” y cambiar todo. El dolor y el miedo me atrapan y me estrangulan cada mañana al despertar. Me levanto y no siento que sea un nuevo día, parece como si fueran creados en cadena, días sin color, días que no te sonríen ni te lloran, días que se les ha olvidado sentir. El café por la mañana es una excusa, no lo necesito, pero me he llegado a autoconvencer que me hace sentir vivo en mi lecho de muerte.

Tengo mi sueño, mi objetivo. Le dedico sangre, sudor y lágrimas. Bueno, mentira, lágrimas no, las lágrimas están atascadas, escondidas. He llegado a anteponer mi proyecto a mi salud. Me hace feliz, si, lo hace, amo lo que hago… pero. Siempre hay un pero para todo, ahí está, siempre los peros, excusas baratas y sucias, sin fondo ni sentimiento.

Estoy seguro de que si empiezo a comer bien, de que si hago una rutina sana cada mañana: medito, desayuno, estiro, hago ejercicio, incluso estudiar y aprender algo nuevo entraría dentro de ello. Sé que me cambiaría por completo, claro, estaría cambiando la base de todo. En cambio, siento que pierdo el tiempo, siento que cuidarme e intentar buscar un equilibrio, simplemente vivir, es un error y que no debería de hacerlo.

Me escondo entre los peros, las negaciones, el miedo y dolor. No soy capaz de dar el salto a vivir, no soy capaz de mirarme al espejo y de reconocer a esa persona que me mira decepcionado por lo que estoy haciendo. ¿Qué he hecho con mi vida? No, ¿Qué estoy haciendo ahora mismo con mi vida? Sé que estoy a tiempo de hacer algo, lo sé, soy plenamente consciente. ¿Por qué no hago nada al respecto entonces? ¿por qué dejo mi vida perderse?

Me paso los días intentando construir mi camino, peleando para poder vivir en unos años de lo que me gusta y me apasiona, de poder sentir ser feliz. Pero me estoy olvidando de que existe el ahora también. Pienso en el pasado cada día, sus fantasmas me persiguen, me aferran al recuerdo. Y vuelvo a decir, estoy olvidándome de quien soy ahora.

Por mucho que quiera conseguir, por mucho que sueñe o que intente, si no empiezo a mirar al suelo, si no empiezo a hacerme frente en el espejo, moriré antes de lograr ni un cuarto del camino. Y lo que quiero ahora, en este momento, es volver a disfrutar de las cosas pequeñas del día a día. Del ahora, no del antes ni del después.

Quiero poder sentarme respirar, sin pensar en el aire que respiré ayer o soñar con el que respiraré mañana. Quiero volar, romper las ataduras y tocar las nubes, caminar descalzo y sentir el calor de las piedras bajo el sol. Quiero poder vivir, quiero poder sonreír sin comerme la cabeza sobre si debería de estar aquí o allí, o preparando esto o lo otro.

Estoy cansado.


Izcagua Hernández Cos
Lágrimas invisibles
"Mi realidad"

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